Fernando camina por las calles, el mameluco que viste parece fundirse con su carne y el paso apurado lo lleva hasta la esquina de Hipólito Irigoyen y San José. Falta poco para que termine su turno de trabajo, tal vez una o dos entregas más.
Fernando es alto, encorvado y tiene una nariz huesuda y esquelética, su mirada aparece desde lo profundo de sus ojos. El calor del verano cocina a las personas que caminan por las calles del centro y todo parece moverse lentamente, la humedad se pega en la piel y ahí va Fernando, con el mameluco un poco maltrecho y la cabeza baja. Las maldiciones se amontonan en su frente y ahí, hierven a fuego lento. Un colectivo cruza la calle fumigando humo negro con su caño de escape, una madre que pasea con su hijo se da cuenta de que al salir de su casa dejó la puerta sin llave; como animales invisibles las personas caminan escapándole a la conciencia y a la percepción. Fernando llega al depósito donde trabaja y lo espera un gran paquete, una caja cerrada meticulosamente, la dirección del destinatario se encuentra a cinco cuadras del depósito pero como no hay nadie que lo lleve, tiene que ir caminando. Una vez más Fernando se resigna, masticando puteadas se agacha para cargar la caja, sabe que no le queda otra. Siente una punta de dolor que lo abraza por atrás y le marca el recorrido que la columna vertebral hace en su espalda, cuando ya tiene la caja entre sus manos sale por el portón frontal, dejando a sus espaldas el depósito. Las primeras dos cuadras son terriblemente largas y Fernando sufre cada uno de los minutos, que no parecen ser de sesenta segundos, a pesar de todo, es un sufrimiento al que alguien con un poco de disciplina puede someterse, la caja, a cada paso, parece hacerse más pesada. Siente que lleva algo cada vez más insosteniblemente pesado, no puede detenerse, sabe que si lo hace no podrá levantar más la caja del piso. Un conjunto de arrugas se agolpan en su frente y con todos los músculo de su cuerpo sacudiéndose consigue cruza la esquina y llegar a la cuadra número cuatro. Sólo falta una, pero el peso es inaguantable, sus brazos y piernas entumecidos han perdido toda movilidad, cuando cada paso se convierte en una tortura insoportable, ejerciéndole toda la presión que puede a su mandíbula, siente como estallan sus dientes. La columna vertebral le abre la espalda al medio, las rodillas se revientan permitiendo que los huesos de las pantorrillas se entierren en la carne de los muslos, la punta de los huesos le rasga la carne y como un espectáculo horroroso concebido en alguna mente retorcida, su cuerpo deforme y mutilado cae el piso, junto a la vereda, arrugado como un vestido que descansa a la orilla de la cama. Los oficinistas salen de los bares y arrojan sus cigarrillos al costado del cuerpo de fernando, algunos lo pisan sin darse cuenta, otros, insultan porque hay una caja que está en la vereda obstruyendo el paso. Es la hora en que la gente termina de almorzar y vuelve a las oficinas a seguir trabajando, mientras esto sucede, el sol se oculta detrás de los edificios grises que se pierden en el cielo desteñido. A través de una ventana sucia y opaca, se puede ver al jefe de Fernando, está llamando al por teléfono al diario:
“Sí, que diga no más de 26 años, con experiencia en el puesto”.
Fernando es alto, encorvado y tiene una nariz huesuda y esquelética, su mirada aparece desde lo profundo de sus ojos. El calor del verano cocina a las personas que caminan por las calles del centro y todo parece moverse lentamente, la humedad se pega en la piel y ahí va Fernando, con el mameluco un poco maltrecho y la cabeza baja. Las maldiciones se amontonan en su frente y ahí, hierven a fuego lento. Un colectivo cruza la calle fumigando humo negro con su caño de escape, una madre que pasea con su hijo se da cuenta de que al salir de su casa dejó la puerta sin llave; como animales invisibles las personas caminan escapándole a la conciencia y a la percepción. Fernando llega al depósito donde trabaja y lo espera un gran paquete, una caja cerrada meticulosamente, la dirección del destinatario se encuentra a cinco cuadras del depósito pero como no hay nadie que lo lleve, tiene que ir caminando. Una vez más Fernando se resigna, masticando puteadas se agacha para cargar la caja, sabe que no le queda otra. Siente una punta de dolor que lo abraza por atrás y le marca el recorrido que la columna vertebral hace en su espalda, cuando ya tiene la caja entre sus manos sale por el portón frontal, dejando a sus espaldas el depósito. Las primeras dos cuadras son terriblemente largas y Fernando sufre cada uno de los minutos, que no parecen ser de sesenta segundos, a pesar de todo, es un sufrimiento al que alguien con un poco de disciplina puede someterse, la caja, a cada paso, parece hacerse más pesada. Siente que lleva algo cada vez más insosteniblemente pesado, no puede detenerse, sabe que si lo hace no podrá levantar más la caja del piso. Un conjunto de arrugas se agolpan en su frente y con todos los músculo de su cuerpo sacudiéndose consigue cruza la esquina y llegar a la cuadra número cuatro. Sólo falta una, pero el peso es inaguantable, sus brazos y piernas entumecidos han perdido toda movilidad, cuando cada paso se convierte en una tortura insoportable, ejerciéndole toda la presión que puede a su mandíbula, siente como estallan sus dientes. La columna vertebral le abre la espalda al medio, las rodillas se revientan permitiendo que los huesos de las pantorrillas se entierren en la carne de los muslos, la punta de los huesos le rasga la carne y como un espectáculo horroroso concebido en alguna mente retorcida, su cuerpo deforme y mutilado cae el piso, junto a la vereda, arrugado como un vestido que descansa a la orilla de la cama. Los oficinistas salen de los bares y arrojan sus cigarrillos al costado del cuerpo de fernando, algunos lo pisan sin darse cuenta, otros, insultan porque hay una caja que está en la vereda obstruyendo el paso. Es la hora en que la gente termina de almorzar y vuelve a las oficinas a seguir trabajando, mientras esto sucede, el sol se oculta detrás de los edificios grises que se pierden en el cielo desteñido. A través de una ventana sucia y opaca, se puede ver al jefe de Fernando, está llamando al por teléfono al diario:
“Sí, que diga no más de 26 años, con experiencia en el puesto”.