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Freno de mano

Mi admiración por el ciento sesenta y ocho surgió cuando me di cuenta de que era la respuesta a todos mis problemas de transporte. Fuera cual fuere el lugar al que me dirigía él me llevaba a todos lados. Así comenzó esta historia, esta relación de carne y metal. Ya no importaba conocer todos los choferes como había sucedido en un principio, ahora me sentía atraído por la máquina misma. Por esas toneladas de metal pintadas de rojo y cremita. Creo que a veces, la única motivación que tenía para ir al trabajo era sentir la cuerina negra del asiento sobre mi culo. Pensar en toda esa cantidad de hierros moldeados por vaya a saber cuantas manos, ese olor a goma quemada, esos metales cromados que distraían mi atención durante el viaje.

Ya prácticamente no importaba nada, solamente que el día pase rápido para que la excusa pueda volver a ser usada. Solamente pensaba en la sensación que me producía verlo cuando se asomaba por la esquina, y ya todo el tiempo que había pasado esperándolo no importaba. ¡Qúe alivio! . A disfrutar los únicos 40 minutos (Belgrano-Congreso) que valían la pena del día, de mi vida..La atracción cada vez se hizo más fuerte y sólida. Tanto suspirar entre semáforos y peatones me llevó a encontrarme una noche lluviosa – y no fue una sola – soñando barbaridades. El colectivo venía a buscarme a la parada donde siempre lo tomaba. Aunque esta vez era diferente, esta vez, venía vacío. Una vez que llegaba a la parada doblaba hacia la izquierda y dejaba la parte trasera apuntando hacia mí. Esa mole de metal, goma y vidrio esperando por mi, y no en vano. Yo comenzaba a tomarlo con las manos y a clavarle mi verga, ahora metalizada, lo sacudía impunemente hacia delante y hacia atrás. El colectivo ronroneaba despacito, como gustoso del momento.Yo me aferraba a él apoyando mi cabeza y entregando todas mis fuerzas al empujar y retraer de mi pelvis endiablada. Generando de este modo un diálogo entre engranajes, aceleradas, goma quemada, asientos de cuero y gotas de sudor. Pero que bien se sentía. Sexo diesel y del mejor, cosa que nunca podría comentar en un asado con los muchachos, el sólo pensar en el asado ya me daba la imagen del asiento de cuerina aplastándose contra mi culo. Fricción de metal, penetraciones a punto, medidas de aceite y el timbre que sonaba sin parar. Abro mis ojos y el despertador marca otra vez la hora de levantarme para ir al trabajo.

Pero nada me saca de mi trance porque solo 3 cuadras y un desayuno a medias me separaban de vivir un pedazo del sueño despierto o tal vez, hacerlo realidad.

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