Los códigodavinchis bajan las escaleras, algunos más apurados que otros saltean escalones para ganarle un poco de espacio al tiempo. Luego de pagar sus setenta centavos esperan ansiosos el subte. Algunos miran de reojo la televisión muda, que no para de ofrecer servicios y productos, esto, cuando no está el morocho profesor de marketing que cuenta de los éxitos del mercado y sus porqués. El subte se aproxima lleno de códigodavinchis, que causan que los códigodavinchis que están esperando el subte se sorprendan y piensen: ¿Por qué vendrá tan lleno, si solo estamos a 2 paradas de donde comienza el recorrido? Sin obtener alguna respuesta concreta se meten en el vagón, a la fuerza y como pueden. Una vez que están todos adentro, una sirena avisa que las puertas se van a cerrar, es ahora cuando algunos codigodavinchis bajan apuradísimos las escaleras, es evidente que anoche no se acostaron temprano. Luego de que las puertas se cierran el camino comienza, se sumergen en un túnel, oscuro, casi infinito, algunos duermen sentados y otros tratan de encontrar una posición que les permita llevar adelante el viaje.
Hay codigodavinchis que cruzan miradas con otros, pero no saben si coquetear, o no, porque al no tener géneros sexuales, titánicas dudas los invaden. Algunos van a trabajar, otros, a ver a algún ser querido, y probablemente otros, a cometer algún crimen sanguinario en el que pensaron años atrás, pero solo anoche, que se acostaron tarde, decidieron concretar. Pasiones fuertes, ideas confusas, todo mezclado con el olor a naftalina de un codigodavinchi que sacó su campera del placard más protegido contra las polillas de Buenos Aires. Unos pocos se prometen viajes al sur e imaginan vidas prósperas y perfectas, mientras sienten la parte de atrás de otro codigodavinchi que los aprieta, devolviéndolos a la realidad. Esa creación de lo perfecto concebido en medio de la imperfección de aquél viaje, aceitaba, de cierta manera, los carriles por donde se desplazaba el vagón número 17 de la línea verde.Periódicos, apuntes, como un ballet subterráneo literario, son manipulados por sus propietarios, conductores que voltean las páginas en direcciones que ellos creen conveniente. Cuando todos piensan que nadie más puede entrar, es en ese momento que con un movimiento rápido, que exige una destreza oriental, un codigodavinchi logra escapar de las reglas de la física y se mete, a presión, en el vagón. Continua el viaje, ¿quién sabe cuanto falta por llegar?, nadie. Pero así como para algunos dura una eternidad, para otros solamente es un abrir y cerrar de ojos, y en ese momento, como una mano que recoge algo del piso, la rutina los deposita en sus respectivos corredores, escaleras, taxis, colectivos, calles, ascensores, puertas giratorias.
Hay codigodavinchis que cruzan miradas con otros, pero no saben si coquetear, o no, porque al no tener géneros sexuales, titánicas dudas los invaden. Algunos van a trabajar, otros, a ver a algún ser querido, y probablemente otros, a cometer algún crimen sanguinario en el que pensaron años atrás, pero solo anoche, que se acostaron tarde, decidieron concretar. Pasiones fuertes, ideas confusas, todo mezclado con el olor a naftalina de un codigodavinchi que sacó su campera del placard más protegido contra las polillas de Buenos Aires. Unos pocos se prometen viajes al sur e imaginan vidas prósperas y perfectas, mientras sienten la parte de atrás de otro codigodavinchi que los aprieta, devolviéndolos a la realidad. Esa creación de lo perfecto concebido en medio de la imperfección de aquél viaje, aceitaba, de cierta manera, los carriles por donde se desplazaba el vagón número 17 de la línea verde.Periódicos, apuntes, como un ballet subterráneo literario, son manipulados por sus propietarios, conductores que voltean las páginas en direcciones que ellos creen conveniente. Cuando todos piensan que nadie más puede entrar, es en ese momento que con un movimiento rápido, que exige una destreza oriental, un codigodavinchi logra escapar de las reglas de la física y se mete, a presión, en el vagón. Continua el viaje, ¿quién sabe cuanto falta por llegar?, nadie. Pero así como para algunos dura una eternidad, para otros solamente es un abrir y cerrar de ojos, y en ese momento, como una mano que recoge algo del piso, la rutina los deposita en sus respectivos corredores, escaleras, taxis, colectivos, calles, ascensores, puertas giratorias.
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