De lunes a viernes $18, sábados y domingos $25
1 Comments Párrafos de nanx on 10.06.2006 at 8:49 AM.A las nueve de la noche como habíamos acordado tres días antes, esperábamos todos en la puerta. Nos saludamos rápido porque que estábamos sin comer desde la mañana, habíamos pactado eso para tener una experiencia más larga e intensa. El tenedor libre esperaba por nosotros. Luego de entrar, nos sentamos en una mesa que tenía, según algunos, una posición estratégica. Apuramos el caminar porque era sábado y pensábamos que se llenaría de gente. Nos sentamos y luego de llamar al mozo y pedirle la bebida fuimos a buscar los platos luego, conocimos las mesas en donde estaba la comida, le dimos vueltas en una dirección y después al revés. Llenamos nuestros platos con la entrada y volvimos a nuestra mesa. Entre chistes enlatados y tragos ligeros la comida desapareció en cuestión de segundos.
Salimos a la carga de nuevo y nos apuramos para volver a llenar nuestros platos, ya el lugar estaba repleto de gente. Llegamos a la mesa con las fuentes de comida y nos topamos con: codazos, empujones y maltratos, el clima cruel que debíamos soportar para poder servirnos algo. A nadie le importaba mucho esa tormenta de maltratos a pesar de ser algo molesto para todos. Luego de un rato de rondar como animales a sus presas, de ver todo lo que nuestras mentes habían imaginado camino al restaurant, volvimos a nuestro lugar, victoriosos. Esta vez, por alguna razón que desconozco, no usábamos los cubiertos, los chistes no fueron los protagonistas en la mesa, en su lugar, se escucharon algunos comentarios aislados de la comida o del lugar. Terminamos realmente rápido, cuando levanté la cabeza y vi la cara de mis amigos me di cuenta de que algo estaba cambiando, pero no supe qué era.
Nos levantamos torpemente, escuché alguna silla caerse en el camino, nadie esperó a nadie, cada uno por su lado. La gente se había tornado más violenta, los empujones dejaron de ser sin intención y los codazos más fuertes y agresivos. Entré en la batalla y después de cinco minutos logré colmar mi plato de comida.
Cuando me senté de nuevo en la mesa todos comían con más furia que antes, de pie, mirando su plato, empujando la comida con las manos. El color de sus pieles se había tornado rosa brillante, y sus dedos no se movían. Sus manos ya no eran manos, eran pezuñas duras con las que empujaban la comida adentro de su boca hasta que se les inflaban los cachetes. Sus rostros tampoco eran los mismos. Sus narices se habían transformado en algo extraño, de ellas, lo único que quedaba eran las fosas nasales sobre la cara, ya no había más tabiques ni cartílagos.
Cuando se levantaron ya no les importaba nada; caminaron llevándose a todo el mundo por delante y se tiraron arriba de la mesa de la comida. Los platos volaron en todas direcciones y la gente comía del piso, ya no hablaban si no que emitían unos chillidos roncos y agresivos. Las demás personas tenían esa misma expresión en la cara, el mismo color, la misma deformación en la nariz y también emitían esos chillidos roncos y agresivos que aturdían. Sentí cómo perdía el equilibrio y me caía al piso sin remedio, las rodillas golpearon secamente el piso. Mis piernas olvidaron como mantener el equilibrio, sólo podía caminar como un perro. Caminé rodeándolos para que no me atacaran. Nadie me vio. Cuando llegué a la puerta me pude ver en el espejo: ya no tenía manos, me había convertido, al igual que ellos, en un maldito cerdo.
Salimos a la carga de nuevo y nos apuramos para volver a llenar nuestros platos, ya el lugar estaba repleto de gente. Llegamos a la mesa con las fuentes de comida y nos topamos con: codazos, empujones y maltratos, el clima cruel que debíamos soportar para poder servirnos algo. A nadie le importaba mucho esa tormenta de maltratos a pesar de ser algo molesto para todos. Luego de un rato de rondar como animales a sus presas, de ver todo lo que nuestras mentes habían imaginado camino al restaurant, volvimos a nuestro lugar, victoriosos. Esta vez, por alguna razón que desconozco, no usábamos los cubiertos, los chistes no fueron los protagonistas en la mesa, en su lugar, se escucharon algunos comentarios aislados de la comida o del lugar. Terminamos realmente rápido, cuando levanté la cabeza y vi la cara de mis amigos me di cuenta de que algo estaba cambiando, pero no supe qué era.
Nos levantamos torpemente, escuché alguna silla caerse en el camino, nadie esperó a nadie, cada uno por su lado. La gente se había tornado más violenta, los empujones dejaron de ser sin intención y los codazos más fuertes y agresivos. Entré en la batalla y después de cinco minutos logré colmar mi plato de comida.
Cuando me senté de nuevo en la mesa todos comían con más furia que antes, de pie, mirando su plato, empujando la comida con las manos. El color de sus pieles se había tornado rosa brillante, y sus dedos no se movían. Sus manos ya no eran manos, eran pezuñas duras con las que empujaban la comida adentro de su boca hasta que se les inflaban los cachetes. Sus rostros tampoco eran los mismos. Sus narices se habían transformado en algo extraño, de ellas, lo único que quedaba eran las fosas nasales sobre la cara, ya no había más tabiques ni cartílagos.
Cuando se levantaron ya no les importaba nada; caminaron llevándose a todo el mundo por delante y se tiraron arriba de la mesa de la comida. Los platos volaron en todas direcciones y la gente comía del piso, ya no hablaban si no que emitían unos chillidos roncos y agresivos. Las demás personas tenían esa misma expresión en la cara, el mismo color, la misma deformación en la nariz y también emitían esos chillidos roncos y agresivos que aturdían. Sentí cómo perdía el equilibrio y me caía al piso sin remedio, las rodillas golpearon secamente el piso. Mis piernas olvidaron como mantener el equilibrio, sólo podía caminar como un perro. Caminé rodeándolos para que no me atacaran. Nadie me vio. Cuando llegué a la puerta me pude ver en el espejo: ya no tenía manos, me había convertido, al igual que ellos, en un maldito cerdo.
Un ejercito de secretarias caminan por las calles del microcentro, sus vestidos cortos se enroscan en el aire al ritmo de sus pasos decididos. Son altas y bastantes parecidas entre ellas, todas tienen el pelo cortado a la altura de los hombros y visten trajes de dos piezas. Sus ojos permanecen quietos, firmes y penetrantes, como mirando algo que sólo ellas pueden ver.
Miles, millones de tacos golpetean el piso, algunos siguen el mismo ritmo otros, van en destiempo generando endemoniadas melodías que se meten por las ventanas de los edificios. Adentro de los departamentos, los niños están parados sobre las mesas saltando enloquecidos, arrojan platos en todas direcciones y saltan como monos rabiosos cuando escuchan el crujir de la cerámica contra la pared.
Ya no quedan autos en las calles y los negocios están cerrados. En el reflejo de los vidrios de un café vacío, se ven colas interminables de mujeres que pasan caminando hipnotizadas. Las personas ya no están en la calle, solamente quedan las secretarias que parecen haberse desprendido de su humanidad, como si se tratara de un vestido. Una ráfaga de viento que parece esconder llamas de fuego mueve sus cabellos, bajo sus pies, las baldosas agrietadas parecen gritar.Nadie sabe qué sucede pero mientras sienten cómo la locura se les mete en la cabeza, se dan cuenta de que es el final.
Miles, millones de tacos golpetean el piso, algunos siguen el mismo ritmo otros, van en destiempo generando endemoniadas melodías que se meten por las ventanas de los edificios. Adentro de los departamentos, los niños están parados sobre las mesas saltando enloquecidos, arrojan platos en todas direcciones y saltan como monos rabiosos cuando escuchan el crujir de la cerámica contra la pared.
Ya no quedan autos en las calles y los negocios están cerrados. En el reflejo de los vidrios de un café vacío, se ven colas interminables de mujeres que pasan caminando hipnotizadas. Las personas ya no están en la calle, solamente quedan las secretarias que parecen haberse desprendido de su humanidad, como si se tratara de un vestido. Una ráfaga de viento que parece esconder llamas de fuego mueve sus cabellos, bajo sus pies, las baldosas agrietadas parecen gritar.Nadie sabe qué sucede pero mientras sienten cómo la locura se les mete en la cabeza, se dan cuenta de que es el final.
Todos los días tengo que lidiar con la gente en el subte. Como no nací en Buenos Aires, desde el primer momento en que usé este medio de transporte fui muy observador de lo que pasaba allí adentro. Ahora, tengo que viajar en subte de lunes a viernes y realmente he observado algunos fenómenos propios de este medio de transporte. Al margen de los apretones de la hora pico, que tengo que soportar los días en que el despertador no me levanta, pude ver el fenómeno de las pseudo carreras. Estas pseudo carreras, se desatan cuando hay que hacer una combinación entre dos estaciones. Las personas parecen ser poseída por alguna fuerza sobrenatural que las obliga a apurar el paso, así comienza una reacción en cadena. Nadie sabe por qué se apuran. Tal vez algunos se apuren para llegar a sus tristes trabajos otros, para estar rápido en sus inmundas casas, donde se pondrán a lavar los platos sucios de la noche anterior, que todavía están en el lavaplatos. Otro fenómeno es el de la gente que viaja con cara de culo. Parece que cumplen alguna ordenanza extraña que impone que hay que viajar con cara de pocos amigos. Es como si hubiera un cartel parecido al famoso: “no asome los brazos por la ventanilla” , pero que dijera: “ por favor, denos su mejor cara de culo durante este viaje”. Si vinieran los alegres teletubies caminando contentos por la calle y bajaran a tomar el subte, se agarrarían del caño que está sujeto al techo y mirarían alrededor suyo con una cara de culo profesional.
El otro día, mientras caminaba por los pasillos se me ocurrió una idea: ¿por qué no cambiar las escaleras por toboganes de color amarillo? Imagínense la gente, de un día para el otro, en medio de su frenesí de rutina, se topan con que no hay más aburridas escaleras, en su lugar, los esperan simpáticos toboganes amarillos. Y no habría otra forma de pasar que la de deslizarse por el tobogán esto, es en las escaleras descendentes. El problema estaría en las ascendentes, deberían ser escaladas, tal vez algunos necesitarían la ayuda de otra persona. El subte se convertiría en un medio de transporte para gente aventurera. No habría personas pidiendo monedas en los escalones; porque no habría escalones. La población minusválida estaría encantada a primera vista con la medida, pero después de bajar por la rampa amarilla, se darían cuenta que en algún lugar de los pasillos hay un tobogán de subida y se convertiría en un problema para ellos. Muchos quedarían atrapados en las redes de túneles y desarrollarían vidas subterráneas nunca antes planificadas, encontrándoles nuevos sentidos a sus vidas. En este momento, estoy redactando una carta de puño y letra hacía la empresa que maneja la red de Subterráneos.
Escucho que se habla mucho de la inseguridad últimamente, pero no escucho nada sobre los que padecemos las tremendas caras de culo subterráneas en el día a día. Uno nunca sabe de qué es capaz una persona con cara de culo.
El otro día, mientras caminaba por los pasillos se me ocurrió una idea: ¿por qué no cambiar las escaleras por toboganes de color amarillo? Imagínense la gente, de un día para el otro, en medio de su frenesí de rutina, se topan con que no hay más aburridas escaleras, en su lugar, los esperan simpáticos toboganes amarillos. Y no habría otra forma de pasar que la de deslizarse por el tobogán esto, es en las escaleras descendentes. El problema estaría en las ascendentes, deberían ser escaladas, tal vez algunos necesitarían la ayuda de otra persona. El subte se convertiría en un medio de transporte para gente aventurera. No habría personas pidiendo monedas en los escalones; porque no habría escalones. La población minusválida estaría encantada a primera vista con la medida, pero después de bajar por la rampa amarilla, se darían cuenta que en algún lugar de los pasillos hay un tobogán de subida y se convertiría en un problema para ellos. Muchos quedarían atrapados en las redes de túneles y desarrollarían vidas subterráneas nunca antes planificadas, encontrándoles nuevos sentidos a sus vidas. En este momento, estoy redactando una carta de puño y letra hacía la empresa que maneja la red de Subterráneos.
Escucho que se habla mucho de la inseguridad últimamente, pero no escucho nada sobre los que padecemos las tremendas caras de culo subterráneas en el día a día. Uno nunca sabe de qué es capaz una persona con cara de culo.
El humo de la fogata subía hasta lo alto y se fundía con el viento helado que arrastraba copos de nieve. El sol asomaba en el horizonte y Eric abrió sus ojos. Luego de levantar el campamento, caminaron montaña arriba para tener una mejor visión. Cuando llegaron a la cima de una loma se detuvieron, Eric dio unos pasos al frente y los demás hombres aguardaron en su lugar. Era una mañana fría y el viento soplaba fuerte, a lo lejos, un halcón volaba a gran altura. Allí estaba Eric, con la mirada fija en las puertas de la ciudad de Dublín. Su cara ancha parecía haber sido modelada con el mismísimo martillo de Thor. De su rostro colgaba una barba tupida del color del cobre, que trepaba por sus mejillas hasta fundirse con su pelo detrás de las orejas. Sus brazos, fuertes como troncos, sostenían un gran hacha de dos hojas, que había hecho justicia en las batallas de Irlanda del Norte.
Eric tenía un cuerpo muy grande pero a pesar de sus proporciones, en las batallas se movía con una destreza sorprendente. Provenía de una familia de guerreros y era el último de su sangre, ya que su hermano había caído en una batalla años atrás.Con el hacha al revés y las manos cruzadas sobre el mango largo permanecía inmóvil. Había adoptado una posición de reflexión, de modo que una de sus rodillas tocaba el piso mientras la otra estaba flexionada. La piel de un animal cubría su cuerpo y su pelo largo se movía con el viento. Miraba como tratando de atravesar el tiempo mientras el corazón le bombeaba sangre con más fuerza que de costumbre.
Su piel sabía que faltaba poco para la batalla. Las manos de Eric manejaban el hacha con esa destreza que sólo adquieren los que crecieron aprendiendo las tácticas de la guerra. Era lo único que sabía hacer y al igual que sus antepasados, moriría en el campo de batalla.Una cinta flameaba en su Hacha mientras pensaba en lo que vendría. Él se imaginaba cada batalla como una bestia salvaje a la que había que domar. Sus ojos cansados permanecían inmóviles y sus hombres aguardaban en silencio a sus espaldas.
La ciudad de Dublín había sido notificada del futuro ataque gracias a un telegrama que había sido enviado días antes. Las enormes puertas de madera que dividían la ciudad del exterior se habían reforzado y las mujeres y niños habían sido trasladados a la iglesia. Todos los hombres recibieron la orden de tomar las armas y se prepararon para el ataque vikingo que podría llegar en cualquier momento.
El aire y la nieve se tornaron más pesados mientras Eric revivía batallas pasadas. Algo le susurró al oído que el momento había llegado. Con su mano derecha tomó un puñado de tierra y la sintió por unos instantes. Apretó su puño con la fuerza suficiente para hacer que la tierra se metiera dentro de su piel pero ésta, en vez de mezclarse con su sangre, se escurrió por entre sus dedos. Luego soltó un fuerte grito de guerra que rellenó los espacios que el silencio había socavado en el ambiente. El grito atravesó el aire espeso y sus hombres entendieron que era el momento. Gritaron ellos también y corrieron detrás de Eric quién iba a la cabeza de la carrera alzando alto el gran hacha. Su pelo se movía en todas direcciones y flameaba como una bandera de guerra. Tenía la mirada fija en las puertas y sus pasos dejaban la marca de sus pie en la tierra, que permanecía blanda tras la lluvia. El halcón volaba a lo alto sin imaginarse el pedazo de historia que se construía bajo sus alas. Eric poseído por la guerra que fluía por sus venas corría sin saber que aquella tarde su sangre se derramaría en el piso, y que lo último que vería sería el cielo pesado cayendo sobre él. Sabía que no había forma de escapar de aquél destino, que lo perseguía desde el primer día en que abrió sus ojos. La guerra, la muerte.
Eric tenía un cuerpo muy grande pero a pesar de sus proporciones, en las batallas se movía con una destreza sorprendente. Provenía de una familia de guerreros y era el último de su sangre, ya que su hermano había caído en una batalla años atrás.Con el hacha al revés y las manos cruzadas sobre el mango largo permanecía inmóvil. Había adoptado una posición de reflexión, de modo que una de sus rodillas tocaba el piso mientras la otra estaba flexionada. La piel de un animal cubría su cuerpo y su pelo largo se movía con el viento. Miraba como tratando de atravesar el tiempo mientras el corazón le bombeaba sangre con más fuerza que de costumbre.
Su piel sabía que faltaba poco para la batalla. Las manos de Eric manejaban el hacha con esa destreza que sólo adquieren los que crecieron aprendiendo las tácticas de la guerra. Era lo único que sabía hacer y al igual que sus antepasados, moriría en el campo de batalla.Una cinta flameaba en su Hacha mientras pensaba en lo que vendría. Él se imaginaba cada batalla como una bestia salvaje a la que había que domar. Sus ojos cansados permanecían inmóviles y sus hombres aguardaban en silencio a sus espaldas.
La ciudad de Dublín había sido notificada del futuro ataque gracias a un telegrama que había sido enviado días antes. Las enormes puertas de madera que dividían la ciudad del exterior se habían reforzado y las mujeres y niños habían sido trasladados a la iglesia. Todos los hombres recibieron la orden de tomar las armas y se prepararon para el ataque vikingo que podría llegar en cualquier momento.
El aire y la nieve se tornaron más pesados mientras Eric revivía batallas pasadas. Algo le susurró al oído que el momento había llegado. Con su mano derecha tomó un puñado de tierra y la sintió por unos instantes. Apretó su puño con la fuerza suficiente para hacer que la tierra se metiera dentro de su piel pero ésta, en vez de mezclarse con su sangre, se escurrió por entre sus dedos. Luego soltó un fuerte grito de guerra que rellenó los espacios que el silencio había socavado en el ambiente. El grito atravesó el aire espeso y sus hombres entendieron que era el momento. Gritaron ellos también y corrieron detrás de Eric quién iba a la cabeza de la carrera alzando alto el gran hacha. Su pelo se movía en todas direcciones y flameaba como una bandera de guerra. Tenía la mirada fija en las puertas y sus pasos dejaban la marca de sus pie en la tierra, que permanecía blanda tras la lluvia. El halcón volaba a lo alto sin imaginarse el pedazo de historia que se construía bajo sus alas. Eric poseído por la guerra que fluía por sus venas corría sin saber que aquella tarde su sangre se derramaría en el piso, y que lo último que vería sería el cielo pesado cayendo sobre él. Sabía que no había forma de escapar de aquél destino, que lo perseguía desde el primer día en que abrió sus ojos. La guerra, la muerte.
Los códigodavinchis bajan las escaleras, algunos más apurados que otros saltean escalones para ganarle un poco de espacio al tiempo. Luego de pagar sus setenta centavos esperan ansiosos el subte. Algunos miran de reojo la televisión muda, que no para de ofrecer servicios y productos, esto, cuando no está el morocho profesor de marketing que cuenta de los éxitos del mercado y sus porqués. El subte se aproxima lleno de códigodavinchis, que causan que los códigodavinchis que están esperando el subte se sorprendan y piensen: ¿Por qué vendrá tan lleno, si solo estamos a 2 paradas de donde comienza el recorrido? Sin obtener alguna respuesta concreta se meten en el vagón, a la fuerza y como pueden. Una vez que están todos adentro, una sirena avisa que las puertas se van a cerrar, es ahora cuando algunos codigodavinchis bajan apuradísimos las escaleras, es evidente que anoche no se acostaron temprano. Luego de que las puertas se cierran el camino comienza, se sumergen en un túnel, oscuro, casi infinito, algunos duermen sentados y otros tratan de encontrar una posición que les permita llevar adelante el viaje.
Hay codigodavinchis que cruzan miradas con otros, pero no saben si coquetear, o no, porque al no tener géneros sexuales, titánicas dudas los invaden. Algunos van a trabajar, otros, a ver a algún ser querido, y probablemente otros, a cometer algún crimen sanguinario en el que pensaron años atrás, pero solo anoche, que se acostaron tarde, decidieron concretar. Pasiones fuertes, ideas confusas, todo mezclado con el olor a naftalina de un codigodavinchi que sacó su campera del placard más protegido contra las polillas de Buenos Aires. Unos pocos se prometen viajes al sur e imaginan vidas prósperas y perfectas, mientras sienten la parte de atrás de otro codigodavinchi que los aprieta, devolviéndolos a la realidad. Esa creación de lo perfecto concebido en medio de la imperfección de aquél viaje, aceitaba, de cierta manera, los carriles por donde se desplazaba el vagón número 17 de la línea verde.Periódicos, apuntes, como un ballet subterráneo literario, son manipulados por sus propietarios, conductores que voltean las páginas en direcciones que ellos creen conveniente. Cuando todos piensan que nadie más puede entrar, es en ese momento que con un movimiento rápido, que exige una destreza oriental, un codigodavinchi logra escapar de las reglas de la física y se mete, a presión, en el vagón. Continua el viaje, ¿quién sabe cuanto falta por llegar?, nadie. Pero así como para algunos dura una eternidad, para otros solamente es un abrir y cerrar de ojos, y en ese momento, como una mano que recoge algo del piso, la rutina los deposita en sus respectivos corredores, escaleras, taxis, colectivos, calles, ascensores, puertas giratorias.
Hay codigodavinchis que cruzan miradas con otros, pero no saben si coquetear, o no, porque al no tener géneros sexuales, titánicas dudas los invaden. Algunos van a trabajar, otros, a ver a algún ser querido, y probablemente otros, a cometer algún crimen sanguinario en el que pensaron años atrás, pero solo anoche, que se acostaron tarde, decidieron concretar. Pasiones fuertes, ideas confusas, todo mezclado con el olor a naftalina de un codigodavinchi que sacó su campera del placard más protegido contra las polillas de Buenos Aires. Unos pocos se prometen viajes al sur e imaginan vidas prósperas y perfectas, mientras sienten la parte de atrás de otro codigodavinchi que los aprieta, devolviéndolos a la realidad. Esa creación de lo perfecto concebido en medio de la imperfección de aquél viaje, aceitaba, de cierta manera, los carriles por donde se desplazaba el vagón número 17 de la línea verde.Periódicos, apuntes, como un ballet subterráneo literario, son manipulados por sus propietarios, conductores que voltean las páginas en direcciones que ellos creen conveniente. Cuando todos piensan que nadie más puede entrar, es en ese momento que con un movimiento rápido, que exige una destreza oriental, un codigodavinchi logra escapar de las reglas de la física y se mete, a presión, en el vagón. Continua el viaje, ¿quién sabe cuanto falta por llegar?, nadie. Pero así como para algunos dura una eternidad, para otros solamente es un abrir y cerrar de ojos, y en ese momento, como una mano que recoge algo del piso, la rutina los deposita en sus respectivos corredores, escaleras, taxis, colectivos, calles, ascensores, puertas giratorias.
Mi admiración por el ciento sesenta y ocho surgió cuando me di cuenta de que era la respuesta a todos mis problemas de transporte. Fuera cual fuere el lugar al que me dirigía él me llevaba a todos lados. Así comenzó esta historia, esta relación de carne y metal. Ya no importaba conocer todos los choferes como había sucedido en un principio, ahora me sentía atraído por la máquina misma. Por esas toneladas de metal pintadas de rojo y cremita. Creo que a veces, la única motivación que tenía para ir al trabajo era sentir la cuerina negra del asiento sobre mi culo. Pensar en toda esa cantidad de hierros moldeados por vaya a saber cuantas manos, ese olor a goma quemada, esos metales cromados que distraían mi atención durante el viaje.
Ya prácticamente no importaba nada, solamente que el día pase rápido para que la excusa pueda volver a ser usada. Solamente pensaba en la sensación que me producía verlo cuando se asomaba por la esquina, y ya todo el tiempo que había pasado esperándolo no importaba. ¡Qúe alivio! . A disfrutar los únicos 40 minutos (Belgrano-Congreso) que valían la pena del día, de mi vida..La atracción cada vez se hizo más fuerte y sólida. Tanto suspirar entre semáforos y peatones me llevó a encontrarme una noche lluviosa – y no fue una sola – soñando barbaridades. El colectivo venía a buscarme a la parada donde siempre lo tomaba. Aunque esta vez era diferente, esta vez, venía vacío. Una vez que llegaba a la parada doblaba hacia la izquierda y dejaba la parte trasera apuntando hacia mí. Esa mole de metal, goma y vidrio esperando por mi, y no en vano. Yo comenzaba a tomarlo con las manos y a clavarle mi verga, ahora metalizada, lo sacudía impunemente hacia delante y hacia atrás. El colectivo ronroneaba despacito, como gustoso del momento.Yo me aferraba a él apoyando mi cabeza y entregando todas mis fuerzas al empujar y retraer de mi pelvis endiablada. Generando de este modo un diálogo entre engranajes, aceleradas, goma quemada, asientos de cuero y gotas de sudor. Pero que bien se sentía. Sexo diesel y del mejor, cosa que nunca podría comentar en un asado con los muchachos, el sólo pensar en el asado ya me daba la imagen del asiento de cuerina aplastándose contra mi culo. Fricción de metal, penetraciones a punto, medidas de aceite y el timbre que sonaba sin parar. Abro mis ojos y el despertador marca otra vez la hora de levantarme para ir al trabajo.
Pero nada me saca de mi trance porque solo 3 cuadras y un desayuno a medias me separaban de vivir un pedazo del sueño despierto o tal vez, hacerlo realidad.
Ya prácticamente no importaba nada, solamente que el día pase rápido para que la excusa pueda volver a ser usada. Solamente pensaba en la sensación que me producía verlo cuando se asomaba por la esquina, y ya todo el tiempo que había pasado esperándolo no importaba. ¡Qúe alivio! . A disfrutar los únicos 40 minutos (Belgrano-Congreso) que valían la pena del día, de mi vida..La atracción cada vez se hizo más fuerte y sólida. Tanto suspirar entre semáforos y peatones me llevó a encontrarme una noche lluviosa – y no fue una sola – soñando barbaridades. El colectivo venía a buscarme a la parada donde siempre lo tomaba. Aunque esta vez era diferente, esta vez, venía vacío. Una vez que llegaba a la parada doblaba hacia la izquierda y dejaba la parte trasera apuntando hacia mí. Esa mole de metal, goma y vidrio esperando por mi, y no en vano. Yo comenzaba a tomarlo con las manos y a clavarle mi verga, ahora metalizada, lo sacudía impunemente hacia delante y hacia atrás. El colectivo ronroneaba despacito, como gustoso del momento.Yo me aferraba a él apoyando mi cabeza y entregando todas mis fuerzas al empujar y retraer de mi pelvis endiablada. Generando de este modo un diálogo entre engranajes, aceleradas, goma quemada, asientos de cuero y gotas de sudor. Pero que bien se sentía. Sexo diesel y del mejor, cosa que nunca podría comentar en un asado con los muchachos, el sólo pensar en el asado ya me daba la imagen del asiento de cuerina aplastándose contra mi culo. Fricción de metal, penetraciones a punto, medidas de aceite y el timbre que sonaba sin parar. Abro mis ojos y el despertador marca otra vez la hora de levantarme para ir al trabajo.
Pero nada me saca de mi trance porque solo 3 cuadras y un desayuno a medias me separaban de vivir un pedazo del sueño despierto o tal vez, hacerlo realidad.